miércoles, 16 de agosto de 2017

Ana Belén



María del Pilar Cuesta Acosta, más conocida por su nombre artístico Ana Belén (Madrid, 27 de mayo de 1951) es una cantante y actriz española, y una de las figuras más destacadas del mundo del espectáculo en habla hispana. Está casada con el cantautor asturiano Víctor Manuel, su pareja artística en muchas ocasiones. En su larga trayectoria artística cuenta con más de cuarenta películas, unas treinta obras de teatro y más de treinta y cinco discos. Ha sido nominada en dos ocasiones al Grammy Latino y ha conseguido el Premio Grammy Latino a la excelencia musical en 2015 y el Premio Goya de Honor en 2017.

Es la mayor de tres hermanos. Su padre era cocinero y su madre regentaba la portería donde ella se crió.

Desde muy pequeña mostró inclinaciones musicales, imitaba a sus artistas preferidos y podía cantar "Nena" como Sara Montiel o "Tómbola" a la manera de Marisol.

Cursó estudios de solfeo con un profesor que tenía un estudio en la misma calle. Posteriormente estudió Arte Dramático, debutando en el Teatro Español bajo la dirección de Miguel Narros. Con sólo 13 años protagonizó la película infantil "Zampo y yo", dirigida por Luis Lucía.

A partir de 1970 comenzó a desarrollar una intensa carrera teatral, cinematográfica, televisiva y musical. Ana Belén fue considerada una de las principales figuras del cine español contemporáneo, ha aparecido en numerosas películas, destacando: "Tormento" (Pedro Olea, 1974), "La colmena" (Mario Camus, 1982), "Sé infiel y no mires con quién" (Fernando Trueba, 1985), "La casa de Bernarda Alba" (Camus, 1987), "Divinas palabras" (García Sánchez,1987), "Rosa, rosae" (Fernando Colomo, 1993), "La pasión turca" (Vicente Aranda, 1994), "Libertarias" (Aranda, 1995), "Sabor a miel", "El amor del capitán Brando", "Morbo y Tormenta", la serie televisiva "Fortunata y Jacinta", "La casa de Bernarda Alba" o "Divinas Palabras".

En la canción ha destacado con: "España camisa blanca", "El Hombre del piano", "Se equivocó la paloma" o "Sólo le pido a Dios". Otro de sus éxitos ha sido "La puerta de Alcalá". En 1990 debutó como directora con la película "Cómo ser mujer y no morir en el intento", basada en el exitoso libro de Carmen Rico Godoy.

En 1995 la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España le otorgó la medalla de oro en premio a su labor, y fue protagonista del musical "La bella Helena", una pieza con texto de Vicente Molina Foix sobre la obra de Offenbach, dirigida por José Carlos Plaza.

En 1972 se casó con el cantante Víctor Manuel con el que tuvo dos hijos.

Premios y nominaciones

Fotogramas de Plata

2017 Goya de Honor
2007 Mejor actriz de teatro - Fedra - Ganadora
2004 Mejor actriz de cine - Cosas que hacen que la vida valga la pena - Finalista
2004 Mejor actriz de teatro - Diatriba de amor contra un hombre sentado - Semifinalista
2002 Mejor actriz de teatro - Defensa de dama - Semifinalista
1999 Mejor actriz de televisión - Petra Delicado - Semifinalista
1995 Mejor intérprete de teatro - La bella Helena - Ganadora
1994 Mejor actriz de cine - La pasión turca - Ganadora
1992 Mejor intérprete de teatro - El mercader de Venecia - Finalista
1989 Mejor intérprete de teatro - Hamlet - Finalista
1987 Mejor actriz de cine - Divinas palabras - Finalista
1987 Mejor actriz de cine - La casa de Bernarda Alba - Finalista
1985 Mejor actriz de cine - La Corte de Faraón - Finalista
1985 Mejor actriz de cine - Sé infiel y no mires con quién - Finalista
1982 Mejor actriz de cine - Demonios en el jardín - Finalista
1980 Mejor intérprete de televisión - Fortunata y Jacinta - Ganadora
1979 Mejor actividad musical - Ganadora
1978 Mejor intérprete de teatro - Tío Vania - Finalista
1971 Mejor intérprete de televisión - Estudio 1: Retablo de las mocedades del Cid - Ganadora

Unión de Actores

2007 Mejor actriz protagonista de teatro - Fedra - Finalista
2004 Mejor actriz protagonista de cine - Cosas que hacen que la vida valga la pena - Finalista

TP de Oro

1980 Mejor actriz - Fortunata y Jacinta - Ganadora

Premios Goya

2004 Mejor interpretación femenina protagonista - Cosas que hacen que la vida valga la pena - Candidata
1994 Mejor interpretación femenina protagonista - La pasión turca - Candidata
1991 Mejor dirección novel - Cómo ser mujer y no morir en el intento - Candidata
1989 Mejor interpretación femenina protagonista - El vuelo de la paloma - Candidata
1988 Mejor interpretación femenina protagonista - Miss Caribe - Candidata

Festival de Cine de San Sebastián

1985 Mención especial del jurado - La Corte de Faraón - Ganadora
1972 Morbo - Ganadora

Discografía

Álbumes de estudio

Tierra (1973)
Calle del Oso (1975)
La paloma del vuelo popular (1976)
De paso (1977)
Ana (1979)
Con las manos llenas (1980)
Ana Belén (en italiano) (1981)
Ana en Río (1982)
Ana Belén (en portugués) (1982)
Géminis (1984)
A la sombra de un león (1988)
Rosa de amor y fuego (1989)
Como una novia (1991)
Veneno para el corazón (1993)
Mírame (1997)
Lorquiana. Poemas de Federico García Lorca (1998)
Lorquiana. Canciones populares de Federico García Lorca (1998)
Peces de ciudad (2001)
Viva l'Italia (2003)
Anatomía (2007)
A los hombres que amé (2011)
Canciones regaladas (con Víctor Manuel) (2015)



Filmografía

Zampo y yo 1965
Españolas en París 1971
Aunque la hormona se vista de seda 1971
Morbo 1972
Al diablo, con amor 1973
Separación matrimonial 1973
Vida conyugal sana 1974
El amor del capitán Brando 1974
Tormento 1974
A flor de piel (cortometraje) 1975
Jo, papá 1975
Emilia... parada y fonda 1976
La petición 1976
El Buscón 1976
La oscura historia de la prima Montse 1977
La criatura 1977
Sonámbulos 1978
Jaque a la dama 1978
Cuentos eróticos 1980
La colmena 1982
Demonios en el jardín 1982
La Corte de Faraón 1985
Sé infiel y no mires con quién 1985
Adiós pequeña 1986
La casa de Bernarda Alba 1987
Divinas palabras 1987
Miss Caribe 1988
El vuelo de la paloma 1989
Cómo ser mujer y no morir en el intento 1991
Después del sueño 1992
Rosa rosae 1993
El marido perfecto 1993
Tirano Banderas 1993
La pasión turca 1994
Libertarias 1996
El amor perjudica seriamente la salud 1996
Cada día hay más besos (cortometraje) 1999
Antigua vida mía 2001
Cosas que hacen que la vida valga la pena 2004
La reina de España 2016





domingo, 13 de agosto de 2017

Leyenda de la hija del Dr. Velasco



Se dice que el famoso médico del siglo XIX paseó el cuerpo embalsamado de su pequeña por el Retiro; y, aunque finalmente recibió sepultura, fue hallada en la Universidad.

Alcanzado un elevado estatus como anatomista en la España del siglo XIX, el Doctor Pedro González de Velasco, que hoy da nombre a la calle del Dr. Velasco de Madrid -entre la calle Alfonso XII y la ronda de Atocha-, ordenó la construcción de una mansión que, además de servirle como residencia, se utilizara como museo personal para la fantástica colección etnológica que poseía de sus numerosos viajes al extranjero. Dicha construcción neoclásica alberga en el presente el Museo Nacional de Antropología, justo enfrente de la estación de trenes de Atocha.

El museo se concibió en sus inicios como un importante punto de encuentro para el pensamiento liberal de la época, con una sala dedicada específicamente al estudio del Hombre y su relación con el cosmos. Además, contaba con un amplio repertorio de conchas de mar, plantas o esqueletos. Una joya que, sin embargo, empezó a perder brillo por un asunto personal que afectaba a la única hija del Dr. Velasco: Concha.

La niña, de quince años, había contraido el tifus una década atrás, en 1864, y no mejoraba con el tratamiento que le había recetado el Dr. Benavente, amigo personal de Velasco. Hastiado por la situación, cada día más crítica, su padre le administró por cuenta propia un purgante que, según creyó, pondría fin a su enfermedad. Lejos de provocar el efecto deseado, tuvo el contrario, y la pequeña tuvo una hemorragia interna que acabó con su vida. «¿Por qué no me mataste a mí primero? ¡He matado a mi hija!», exclamaba un deshauciado Dr. Velasco cuando su compañero y amigo llegó a atender a Concha, sin que pudiera salvarla.

Exhumación del cadáver

Antes de ser enterrada, el Dr. Velasco utilizó todos sus conocimientos técnicos en la materia para embalsamar a la niña. El famoso anatomista, en ese sentido, nunca llegó a superar la muerte de su hija, e inundó su vida de retratos y fotografías de ella. Cualquier rincón de su casa, y de hasta su carruaje, contaba con la imagen de Concha. Una vez terminada la mansión, en 1875, incluso construyó en su interior una capilla en su honor. La obsesión del doctor llegó al punto de exhumar el cadáver y transportarlo a su casa desde el Cementerio de San Isidro, con el absoluto rechazo de su mujer, cosa que ignoró completamente.

Según un relato del Dr. Pulido, uno de los profesionales más reputados de la época, cuando en una mañana de 1875 se abrió el ataúd, se encontraron con un cuerpo perfectamente conservado, de una naturaleza macabra. El Dr. Velasco, dicen, no pudo reprimirse y se abalanzó sobre el cuerpo, que abrazó con cuidado, proyectando una felicidad radiante y extraña.

«Sentada a la mesa»

Velasco, ya lejos de cualquier atisbo de cordura, decidió que no volvería a separarse de su hija, y que ésta le acompañaría el resto de su vida, aunque fuera en ese estado: como una momia. Así, el cuerpo de Concha estuvo expuesto en una de las salas de la mansión, y una vez completado el proceso de momificación de forma efectiva, su padre ordenó que la vistieran, maquillaran, peinaran y adornaran con las más exclusivas joyas. Todo para recobrar un aspecto humano.

Cuentan las crónicas de entonces que el Dr. Velasco hablaba con ella, la sentaba a la mesa y hasta la llevaba a pasear al parque del Retiro. Incluso se dice que fue visto con el antiguo novio de la niña, el también doctor Nuñez Sedeño, subiendo por la noche a un carruaje con el cuerpo de una mujer interte vestida de novia.

La momia de Medicina

La presión familiar sobre el Dr. Velasco hizo que, finalmente, y pasados los años, se le diera santa sepultura a Concha. Asunto zanjado si no fuera porque ciertas versiones contradictorias, no confirmadas, apuntan a que el cuerpo de la niña fue hallado en una sala de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. ¿Cómo llegó hasta allí? ¿Porqué había un cuerpo de las mismas características con una etiqueta que decía «543, momia de la hija del Dr. Velasco»? ¿De quién era, si no?

La respuesta la dio el Dr. Enrique Dorado en una investigación de 1999. Dicho cuerpo, dice, era de Carmen Tarín y Perdiguero, una niña muerta por una tisis pulmonar y cuyo cuerpo fue entregado al Dr. Velasco para su investigación, y de ahí la confusión con la etiqueta. Carmen, al parecer, fue enterrada en un nicho defectusoso, y se momificó por las características químicas de un arroyo que pasaba junto al cuerpo. En cualquier caso, pasados los años, diversos expertos apuntan a que todo lo que rodea a la hija del doctor es fruto de las supersticiones, de una leyenda, y que el cuerpo ni siquiera llegó a estar en la Universidad. «Era una historia para asustar a los estudiantes», declaró José Antonio Sánchez, director de la escuela de Medicina Legal de la Complutense.



martes, 8 de agosto de 2017

El hombre sin cabeza de la iglesia de San Ginés



Es la conocida iglesia de San Ginés, se cuenta la historia que en 1353, coincidiendo con el reinado de Pedro I, unos ladrones entraron en el recinto y que un hombre que se encontraba allí rezando intento evitar el robo. Los ladrones decapitaron en la misma iglesia al hombre, que a partir de entonces se apareció sin cabeza en busca de venganza. Finalmente éstos fueron ajusticiados y no volvieron a manifestarse entes de ningún tipo.

Caminaba con paso decidido por la calle San Felipe Neri. El día había amanecido radiante, pero ahora unas nubes negras amenazaban con descargar su acuosa carga sobre la ciudad. Y no estaba dispuesto a mojarme, por supuesto. Al llegar a la esquina con la calle Mayor torcí a la izquierda y enfile por la calle de Bordadores. A esa hora de la mañana la calle estaba atestada de gente. Desde caballeros con sus esposas cogidas del brazo, niños correteando y robando frutas en los puestos callejeros, hasta ancianos harapientos apostados en las esquinas, esperando que algún buen samaritano se apiadase de ellos con algunas monedas. Por el camino me crucé con algunos conocidos, pero debían tener la misma intención que yo, ya que no se pararon y sólo me saludaron llevándose la mano al sombrero. 

El viento cada vez era más fuerte y la oscuridad iba ganando terrero a la luz. Aceleré el paso. Al llegar a la calle Arenal, y con gran esfuerzo por abrirme paso, giré a la derecha, hacía la Puerta del Sol. Parecía un salmón luchando contra la corriente. Decenas de personas hormigueaban de aquí para allá. Los coches de caballos apenas podían pasar y los conductores tenían que hacer verdaderos esfuerzos para hacer a los caballos avanzar. La atmósfera estaba inundada de sonidos de látigos restallando, que se mezclaban con el piafar de caballos, risas, exclamaciones y saludos de los viandantes. 

El viento hacía que todo pareciese lejano, envolviéndolo, como un amante celoso, en su apremiante abrazo. Sentí la primera gota sobre mi rostro como un golpe seco y húmedo. El cielo había decidido dejar de ser clemente. Poco después me encontré con la Iglesia de San Ginés a mi derecha y decidí que era tan buen sitio como otro cualquiera para resguardarme. Apostados en la puerta había un par de mendigos que hicieron sonar sus cuencos con algunas monedas, con la intención de que contribuyese yo también. Les eché un par a cada uno y crucé el umbral de la puerta.

Me sorprendió la intensa quietud que desprendía el templo. Apenas entraba luz por las pequeñas ventanas y solo unas pocas velas iluminaban vagamente la estancia. Casi había que obligar a las pupilas a que se dilatasen más, tal era la oscuridad. Me acerque a uno de los bancos y me senté, al tiempo que me quitaba el sombrero. Nunca he sido muy creyente, y muchos menos practicante pero, por alguna extraña razón, sentí el impulso de santiguarme. Al parecer, los empeños de mi madre por convertirme en un buen cristiano habían calado más hondo de lo que pensaba. Afuera ya se oía el cielo tronar en pleno diluvio y el viento golpeaba con secos golpes la puerta de la iglesia. Permanecí sentado y en silencio un buen rato, abstraído en mis pensamientos, haciendo tiempo para que la tormenta amainase. 

Un leve grito, agónico y lejano, me hizo regresar a la realidad. Aquello me sobresalto, ya que no había nadie más en la iglesia. Por un momento pensé que había sido el viento, pugnando por abrirse paso por entre los postigos de la puerta, pero de nuevo sonó, esta vez más claro y cercano. Provenía del altar. Agudicé la vista y me pareció ver una figura pasar por delante del retablo. Vestía totalmente de negro y parecía que los objetos se vislumbraban a través de él.

 Lo más aterrador de todo es que sobre sus hombros no se asentaba cabeza alguna. Se detuvo, y girando lentamente su traslúcido cuerpo, me miró. Sabía que me estaba mirando, aunque no pudiese hacerlo de un modo físico. Había algo en su gesto, algo que emanaba de su figura, una fuerza capaz de mirarme, aunque no tuviese ojos para hacerlo. No podía apartar la mirada. Esa fuerza me atrapaba y hacia que sintiese sus pupilas clavarse en las mías. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y la sangre se me cuajó en las venas. Pasado unos segundos, la figura despareció entre las sombras que rodeaban el altar.

-¿Lo ha visto, verdad?

Pegué un brinco en el asiento y me di la vuelta en seguida, lleno de terror. Delante de mí había un hombre mayor, de unos 60 años. No le había oído llegar hasta allí. No distinguía bien sus facciones, debido a la escasa luz, pero sí pude ver un crucifijo que le colgaba del cuello y sus ojos, unos ojos que centelleaban con inusual fuerza. Desvelaban un hombre que no se detiene ante nada, poseedor de una firme resolución. Un hombre que ha visto demasiadas cosas y que, por extrañas que parezcan, está dispuesto a darlas el beneficio de la duda.

Una sonrisa asomó a su rostro, dejando entrever sus dientes blancos y bien conservados. Sin duda, era un hombre que no había pasado estrecheces.

-No se alarme caballero. Le pido disculpas por haberle asustado. Sirvo en esta iglesia desde hace mucho tiempo, y no todos los días se conoce a alguien que también le ha visto.

Dijo esto último muy emocionado, como si estuviese a punto de presenciar un espectáculo de magia. Me miro durante unos segundos y, al ver que no decía nada, prosiguió.

-Una historia terrible ¿sabe? Se la contaré, puesto que la tormenta aún continúa. Ocurrió en una época lejana, oscura para los avances tecnológicos de nuestro siglo. Reinaba Pedro I y Madrid no era más que una pequeña villa de unos 4.500 habitantes. Esta pequeña iglesia fue testigo de un acto atroz, propio de salvajes. Unos ladrones, aprovechando el amparo que ofrece la oscuridad de la noche, irrumpieron en el tiempo para robar todo lo que pudieran llevarse: cálices de oro, crucifijos y todo tipo de joyas. No se dieron cuenta que un anciano, que se encontraba rezando, estaba siendo testigo del robo. Hubiese sido mejor que el infeliz no hubiese estado allí. Los ladrones, al percatarse de su presencia, decidieron matarle allí mismo para que no pudiese delatarles. Le cortaron la cabeza y la colocaron a los pies de la virgen, como si encomendándola a la santa, sus almas quedasen libres de pecado. Desde aquel día el ánima del anciano se aparece dentro de estas paredes, clamando venganza para aquellos que le arrebataron la vida. Y eso que habéis visto, señor, es el espectro del hombre que vaga sin cabeza en esta tierra, sin encontrar la paz.

Al acabar, el anciano se quedó mirándome con gesto enigmático. Volví la vista hacía al altar pero no había ni rastro de la figura.

-Dígame…

Al girarme de nuevo el hombre había desparecido. Miré en todas direcciones pero no logré dar con él. Como el espectro, parecía que se hubiera desvanecido. El sol entraba en dorados rayos por las ventanas de la iglesia. Me calé el sombrero y, tras santiguarme de nuevo, me levante y me dirigí a la puerta. Me quede un momento allí, quieto, con la mano agarrando el asa de la puerta. Oí de nuevo ese paralizante grito agónico y volví la cabeza. Frente a la imagen de la virgen, inmóvil, la ondulante luz de las velas pasando a través de él, estaba la figura del anciano sin cabeza. Una vez más volví a sentir su mirada sobre mí. Y una vez más me estremecí. Estaba allí, en un gesto de siniestra amabilidad, despidiéndome. Abrí la puerta y salí de allí. El sol volvía a brillar en el cielo. Eché a andar en dirección a la Puerta del Sol, perdiéndome en la multitud.



viernes, 4 de agosto de 2017

Calle de Ventura Rodriguez



Hubo, tiempo atrás, en Madrid una calle regalaba tales vistas a los que la visitaban que le bautizaron como “Quitapesares”. 

Sólo con acercarse a ella y alzar la mirada, las penas se evaporaban por instante, la Villa y Corte producía un efecto balsámico con una agradable panorámica sobre la Casa de Campo pero ¿Dónde estuvo esta sanadora callejuela?

Su trazado se mantuvo en el tiempo pero no así las vistas que, fruto de la construcción inmobiliaria y la mano del hombre, perdieron aquel cautivador alcance. 

Fue en el año 1869 cuando la Calle de Quitapesares pasó a llamarse, por cosa del Ayuntamiento de Madrid, Calle de Ventura Rodríguez, el mismo que tiene en la actualidad.

La Calle de Ventura Rodriguez es fina, ordenada y sencilla, uniendo las vías de Ferraz y de Prinecesa. Lleva el nombre del prolífico arquitecto al que le debemos, entre otras muchas cosas, buena parte del Palacio Real o las fuentes de Neptuno y Cibeles en el Paseo del Prado. 

Precisamente, la calle que lleva su nombre se extiende junto a dos de sus obras más notables, el Palacio de Liria y la Iglesia de San Marcos, donde precisamente fue enterrado. 

Un homenaje más que merecido a este fantástico constructor pero que, por desgracia, perdió aquella vista que la hizo famosa en todo Madrid.



martes, 1 de agosto de 2017

Leyenda de la calle de la Cabeza



La madrileña calle de la Cabeza se halla flanqueada por la calle del Calvario, que vio nacer a Luis Candelas (1804 - 1837), y por la de la Magdalena. Está separada de la de Juanelo por la brevísima calle de Soler y González. Resulta, en apariencia, una vía anodina pero no mucho más que la vecina calle de la Rosa, o la del Olmo, por citar algún ejemplo. 

Es acaso el agravio comparativo resultante de comparar su quieta actividad con el trasiego de algunas de las restantes calles adyacentes lo que le resta interés. Por lo que se ve esto viene de largo. En uno de los geniales Episodios galdosianos, "El Grande Oriente", se puede leer una descripción bastante displicente de ella:

"La calle de la Cabeza es una de las más tristes de Madrid. Compónese toda ella de casas viejas y feas, entre las cuales descuellan la enorme fachada meridional de la del marqués de Perales y otra que tiene grabada sobre la puerta esta inscripción: Aparta, Señor, de mí lo que me apartó de ti. 

Contrastando con las vías cercanas, aquella no tiene tiendas, y la mayor parte de las puertas están cerradas, a excepción de las cocheras y cuadras que por allí mucho abundan. Hacia el Ave María la calle se eleva, como si quisiera subir a los balcones de las casas. Hacia la Comadre se hunde, buscando los sótanos. Algunas acacias, que se asoman por encima de altos muros junto a San Pedro Mártir están mirando con tristeza al escaso número de transeúntes. 

Se oyen tan pocos ruidos allí que la calle no parece estar en Madrid y a dos pasos del Lavapiés. Toda ella tiene un aspecto sombrío, un tinte lúgubre, una mala sombra que no puede definirse, una atmósfera que abruma, un silencio que hiela. Las calles, como las personas, tienen cara, y cuando esta es antipática y anuncia siniestros designios, una fuerza instintiva nos aleja de ella."

Aunque necesariamente ha debido de cambiar mucho desde que Benito Pérez Galdós ( 1843 - 1920) la visitara por última vez, la calle de la Cabeza sigue siendo una de esas calles secundarias, una calle de paso que sirve de atajo a los que en verano buscan sombra; que nada tiene que ver con la paralela calle de la Magdalena, ni con el bullicio de la de Lavapiés. 

Aun así, esconde una dilatada crónica negra a lo largo de su recorrido, como bien apunta el autor canario en ·El Grande Oriente". El primer suceso acaecido en esta calle al que hace referencia en el libro es una leyenda, de sobra conocida, que reza así:

"Vulgarmente se cree que en la calle de la Cabeza no ha pasado nunca nada digno de contarse. Por el contrario, es una calle trágica, quizás la más trágica de Madrid. La tradición que le da nombre, y que no carece de mérito en lo que tiene de fantasía, es como sigue: Vivía por aquellos barrios un cura medianamente rico. Su criado, por robarle, le asesinó, cortándole ferozmente la cabeza, y con todo el dinero que pudo encontrar huyó a Portugal. 

No fue posible descubrir al autor del crimen, y enterrado el clérigo, bien pronto su desastroso fin quedó olvidado. Pero el asesino, después de haberse dado muy buena vida en Portugal durante muchos años, volvió a Madrid hecho un caballero, aunque no tanto que olvidase su primitiva condición de criado. Solía ir él mismo al Rastro todas las mañanas a hacer su compra, y un día adquirió una cabeza de carnero. Llevábala bajo la capa, y como chorreaba mucha sangre, que iba dejando rastro en el suelo, fue detenido por un alguacil, que le mandó mostrar lo que oculto llevaba. ¡Horrible espectáculo! Al echar a un lado el embozo, el criado alargó en la derecha mano la cabeza del sacerdote a quien le diera muerte.

¡Milagro, milagro! Este fue el grito general. Confesó todo el asesino y le llevaron a la horca, acompañado de la cabeza del sacerdote que había sido de carnero, y cuya vista horrorizaba y edificaba juntamente al pueblo. Murió, según dicen, con grandísima devoción y arrepentimiento, y hasta que no entregó su alma a Dios, no recobró la testa del cura su primitiva forma carneril. Felipe III, que a la sazón nos gobernaba, mandó labrar en piedra una cabeza que se puso en la casa del crimen para memoria de aquel estupendo suceso."

Hoy en día los azulejos pintados con el nombre de la calle recogen este suceso legendario. Aunque el relato es estremecedor no deja de ser una leyenda. En el próximo artículo repasaremos otros dos sucesos que, por ser rigurosamente ciertos, resultan todavía más espeluznantes que esta historia fabulosa.

miércoles, 26 de julio de 2017

Templo de Devod



En el pequeño promontorio llamado Montaña del Príncipe Pío en honor a uno de sus antiguos propietarios, el Príncipe Pío de Saboya, ubicó los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 don Francisco de Goya y Lucientes.Aquella escena, que retrataría magistralmente, sería un testimonio atemporal de los horrores de la guerra. Otra guerra, la Guerra Civil Española, daba uno de sus primeros sangrientos coletazos en ese mismo lugar. El 20 de julio de 1936 se produjo el asalto al Cuartel de la Montaña, situado en aquel cerro. 

La batalla nos dejaría, además de un trágico balance, una imagen del fotógrafo Alfonso Sánchez Portela que está grabada a fuego en la retina de todo aquel que la haya visto alguna vez. En ella aparece el suelo del patio del cuartel cubierto de cadáveres. Una imagen de horror como aquella que nos legó Goya para la posteridad algunos años antes. En ese lugar, marcado por la impronta del dolor y de la muerte, se alza hoy un insólito monumento. 

El Templo de Debod tuvo su emplazamiento original en la Baja Nubia, al sur de Egipto, en el camino que llevaba al complejo religioso dedicado a la diosa Isis, en la isla de File. El primer templo data del siglo II a.C. y fue construido por mandato del rey Adijalamani de Meroe. En el siglo VI, al ser clausurados los santuarios de Isis en File, el templo cayó también en desuso. Tras la construcción de la Gran Presa de Asuán el patrimonio arqueológico de la Baja Nubia amenazaba con ser anegado. 

El templo de Debod fue donado al gobierno español en el año 1968 en agradecimiento por la ayuda prestada en la recuperación de Abu Simbel. Llegó a Madrid en cajas, comletamente desmontado. La reconstrucción no fue sencilla ya que algunos sillares se perdieron. El 20 de julio de 1972, 36 años después del asalto al Cuartel de la Montaña, se inauguró oficialmente. 

El lugar tiene algo de siniestro pero también tiene los que probablemente sean los mejores atardeceres de toda la capital. Dicen que al caer la noche, cuando no queda un alma, suele aparecerse un gato negro. La imaginería popular ha querido identificar a ese gato con el dios egipcio Amón, "el oculto". Se dice que la diosa Isis dio a luz a Horus en ese preciso lugar, o bien que comenzó a sentir allí los dolores del parto. 

En sus paredes todavía se pueden ver enigmáticos dibujos y jeroglíficos aunque el vandalismo y el paso del tiempo han hecho estragos. Pocos sospechan lo que se esconde en esa montaña cuando intentan retratar con su cámara una panorámica muy diferente de aquella que retratara Goya. Muy pocos saben que ese gato con el que alguna noche se han cruzado es la reencarnación del dios supremo del panteón egipcio. Poco sabemos, en definitiva, acerca de los misterios que oculta ese pedacito de Egipto que adorna Madrid.